¿Por qué esperar nueve años de guerra, si podemos cargarnos la Ilíada en dos semanas? Eso es lo que hacen los guionistas de la película “Troy”, poniéndonos muchas dificultades a la hora de imaginarnos el mundo de fines del segundo milenio antes de nuestra era.

La coctelera del mundo antiguo
Cójase una enciclopedia del arte antiguo, métase en una coctelera con trozos de celuloide, agítese y sírvase con un pichito de efectos digitales. Obtendrá una Troya que llevarse a casa, antes de que salga en DVD.
En esta producción americana no hay problema a la hora de mezclar cualquier cosa: estatuas de arte arcaico griego (s. VII a.C.) como las esculturas del interior del templo troyano o sus columnas dóricas, mezcladas con otras del arte clásico (s. V a.C.) como el arquero del templo cercano a la playa, o formaciones de combate de la Roma republicana (s. II a.C.), con obeliscos negros como el de Salmanasar III (asirio del s. VII a.C.).
Algo más verosímil por la fecha son las columnas minóicas y las estatuas de tipo hitita, que encajan con la fecha probable de la guerra de Troya: 1250 a.C. Aunque el imperio hitita era enemigo de los troyanos y no sabemos que consiguieran nunca extender su dominio hasta el Helesponto.
Una escena a lo ‘Normandía’ del Soldado Ryan, unos cascos de samurai, una alfombra persa en la tienda de Agamenón, un repujado metálico árabe en la de Aquiles, permiten ampliar los ya anchos horizontes de esta película. Es cierto que estamos en la edad del bronce reciente, pero los instrumentos de uso cotidiano eran de cerámica, que apenas aparece en la película.
La indumentaria más verosímil es precisamente la de Aquiles, como lo es su carro. Los escudos de casi todos los guerreros también están bien documentados en la iconografía griega arcaica.
Los griegos ponían una moneda en la boca del difunto (para pagar a Caronte, el barquero que les cruzaba al Hades, al otro lado de la laguna Estigia), pero esto fue después del siglo VI a.C., porque antes no se había inventado la moneda.

El señor de los troyanillos
Las grandes superproducciones exigen muchedumbres que Homero en su hiperbólico catálogo de las naves sugiere (unas 13.000 naves y unos 155.000 habrían tomado parte en una guerra de una década, según la Ilíada).
Después de “El Señor de los Anillos” se piensa que el público no podría aceptar un número menor de naves griegas que las que llenan el Egeo, ni un ejército ante Troya mayor que toda la población griega de la época.
Las construcciones faraónicas que vemos en la película no cabrían en una ciudad que tenía menos de 200 metros de diámetro. Según sus excavadores, su edificio más grande era un templo en la acrópolis de unos 35 metros de largo.
La muralla de Troya (del estrato VII, que se data en el siglo XII a.C.) tenía forma circular, ofreciendo por tanto sólo perfiles cóncavos, no convexos como aparecen en la película. El realizador se sentía obligado a arropar con muralla las escenas de combate.
En cambio, la ciudad parece muy cerca de la playa. En realidad había seis kilómetros de distancia entre ambos puntos y había que atravesar el río Escamandro y un afluente del Simoente antes de llegar a los pies de la muralla.

Un guión maltrecho
La historia abreviada de una larga guerra no impide acumular destrozos en la leyenda homérica. La entrega por parte de Aquiles a Agamenón de Briseida, su botín de guerra, fue la causante de la “cólera de Aquiles”, auténtico tema de la Ilíada. Tuvieron un idilio, pero no evolucionó como en la película.
Aquiles murió en la guerra de Troya, pero antes de que cayera la ciudad. Homero no dice quién lo mató, aunque algunos mitógrafos afirman que fue Paris. Por tanto no estaba dentro del caballo que sirvió para expugnar la ciudad.
Paris se enfrentó a Menelao y fue herido por él, pero no lo salvó Héctor, sino la diosa Afrodita, que lo envolvió en una nube.
Menelao no murió a manos de Héctor, sino que volvió a su casa, después haber ultrajado el cadáver de Paris, abatido por una flecha de Filoctetes. Tampoco muere en la guerra Ayax (ninguno de los dos que salen en la Ilíada con este nombre).
Príamo no acude a buscar el cuerpo de Héctor de forma furtiva, sino en una embajada. Y obtiene el cadáver después de pagar un cuantioso rescate, no por la compasión de Aquiles. Además, ningún suplicante de aquella época besaba las manos, sino que se abrazaba a las rodillas.
Patroclo no era primo de Aquiles, sino familiar lejano (compartían bisabuela) y mantenía con él una relación que podría llegar más lejos que la amistad. No hay que olvidar que las relaciones homosexuales en Grecia no estaban en absoluto mal vistas. Patroclo es en la Ilíada un héroe experimentado y no se hace pasar por Aquiles a escondidas, sino que éste le deja sus armas y le permite ir al combate, aunque él siga ausente de las batallas. A la muerte de Patroclo, Aquiles ofreció ante su pira el sacrificio de reses, caballos, perros y doce jóvenes troyanos. Y luego celebró juegos atléticos en su honor.
Helena no se salvó con los troyanos, sino que regresó a Esparta, donde vivió con Menelao como ejemplo de virtudes domésticas, según la mayoría de las tradiciones.
Pero el más rocambolesco de todos los crímenes argumentales es la muerte de Agamenón a manos de Briseida. El héroe aqueo (no rey de reyes como se dice en la película, utilizando un título asiático, babilonio y persa, no griego) volvió a su tierra y allí fue asesinado por su esposa Clitemestra, por haber sacrificado a su hija Ifigenia para aplacar la ira de Ártemis, que tenía parada a la flota aquea a causa de una clama interminable.
Esta muerte tiene lados positivos: Hollywood ya no se atreverá a perpetrar un desastre similar con otra saga, la Orestíada, donde Clitemestra venga la muerte de su hija matando a Agamenón; y sus hijos, Orestes y Electra, vengan a su vez a su padre. De carambola, los guionistas se han cargado el complejo de Electra, quien ya no tendrá que sentir ninguna culpa por la muerte de su madre.
Quizá nos amenacen con una Eneída, ya que al final de la película aparece Eneas, el héroe que sustituye a Héctor como paladín de la defensa de la ciudad, y al que inexplicablemente Paris, quien debería estar muerto a esas alturas, no reconoce.

¡Pobre Homero!
A Homero no se le ha honrado recurriendo a la cita de alguno de los pasajes más líricos ni de los más épicos de sus poemas. Por el contrario se le ha deshonrado, destrozando el argumento de su obra.
Los dioses conviven con los hombres en la leyenda homérica, y aquí están totalmente ausentes. Nos encontramos con un Aquiles agnóstico (a pesar de que su madre, Tetis, era una diosa), y un Héctor blasfemo y descreído. Aquiles, el inmortal, no hace más que hablar de la muerte y a ningún analfabeto en mitología griega se le explica por qué es vulnerable en su talón (aunque sólo sea para que entiendan la escena de su derrota).

No sólo Homero; los demás mitógrafos grecolatinos también se han visto traicionados: en la escena del caballo que construyen los griegos (que no está relatada con detalle en los poemas homéricos) no están personajes tan determinantes como Sinón, el griego que simula ser un traidor e incita a meter el caballo en la ciudad, o Laocoonte, el sacerdote que percibe la trampa y es aniquilado por una gran serpiente marina enviada por Posidón.

Si Homero levantara la cabeza...¡menos mal que era ciego y no podría ver la película!