Reseña de la película de Ridley Scott (2005) y descripción de las fases de la batalla de Hattin en pdf (con diseño de Carlos Ochoa).

hattin

¡Qué pena! La historia se repite. La historia de las películas de historia. Se consigue una buena ambientación y luego se destroza la historia.
Y la culpa la tienen los guionistas. ¡Son pésimos!
Por supuesto que una película no es un documental, pero la ficción histórica, tomándose algunas licencias, tiene que basarse en lo verosímil. Es preferible inventarse un personaje e integrarlo con los históricos, que modificar una vida de la que tenemos mucha información. Los autores españoles de novela histórica lo saben y lo hacen bastante bien, pero los guionistas americanos se toman demasiadas libertades.
La historia verdadera es tan interesante o más que la pintada en la película. Es muy compleja, pero se puede simplificar sin traicionarla.
Otra crítica recurrente a este tipo de filme es que se trasladan las obsesiones de la concepción del mundo norteamericana a otras épocas, incurriendo en un gran anacronismo. Ese afán de liberación de los pueblos no estaba en el espíritu cruzado, por mucho que Balian, verdadero defensor de Jerusalén, evitara al máximo las pérdidas humanas.

Un lío de personajes
Balian de Ibelín no era hijo bastardo, ni su padre se llamaba Godofredo (no hubo ningún Godofredo en la familia). Era el tercer hijo de Balian, el viejo. Estaba casado con la bizantina María Comneno, viuda del rey Amalarico I de Jerusalén, con quien la griega se había casado en segundas nupcias.
Balian era, por tanto, padrastro de Sibila (en realidad marido de su madrastra), y pertenecía a la nobleza cruzada, mientras que Guido de Lusignan sí era un recién llegado a Tierra Santa. Le había llamado su hermano, el rey de Chipre, para enlazarlo con la casa real jerosolimitana.
El tal Tiberias no se llamaba así, aunque fue en efecto un personaje clave de la época. Era Raimundo III conde de Trípoli y estaba casado con Eschiva, princesa de Tiberíades de Galilea (de ahí el nombre que recibe en la película).
Raimundo y los Ibelín tutelaban el reino, por lo que estaban enfrentados con el llamado "partido de la corte".

El reino latino de Jerusalén se divide
La lucha por el poder se estaba fraguando por la enfermedad de Balduino IV, el rey leproso, y por la extrema juventud del heredero nombrado por él en 1183, Balduino V, sobrino suyo de seis años de edad e hijo del primer matrimonio de Sibila con Guillermo de Monferrato.
Para el segundo matrimonio de Sibila se pensó en Balduino de Ibelín, hermano de Balian, pero después de ser hecho prisionero y de conseguir la libertad pagando un gran rescate (1179), Sibila le dijo que se había prometido a Guido de Lusignan.
A él le confió Balduino IV la regencia, al sentirse muy débil para gobernar en 1183, pero poco después la pasó a Raimundo, que había sido regente ya en su minoría de edad. Ese año, a la muerte del rey, Raimundo se hizo cargo de la regencia de Balduino V, pero en 1186 el rey niño murió y el partido contrario al regente se movió con más rapidez y astucia, y Sibila fue proclamada reina.

La pérdida del reino
Otro error histórico es presentar Guido como un villano con sed de conflicto. Podemos estar de acuerdo en que no fue un gran estadista, pero su afán era proteger el reino. Fracasó, sí; pero la iniciativa la había tomado Saladino. La excusa se la dio Reinaldo de Chatillon, señor de Transjordania, en el ataque a una caravana de peregrinos que iban a La Meca desde Damasco. Pero en ese ataque no participó Guido. Por cierto, esto ocurrió después de la muerte de Balduino IV, de forma que nunca se produjo el encuentro del rey leproso con Saladino ante el castillo del Krak de Moab. Años antes, sin el rey en escena, sí se había producido una situación similar. La enemistad de Reinaldo y Saladino venía de lejos.
Luego Saladino concentró en el norte, en Galilea el mayor ejército visto en Palestina. Cruzó el Jordán y amenazó la capital Tiberíades para provocar la animadversión del conde de Trípoli, una vez que se podía considerar violada la tregua que ambos habían firmado.
Raimundo no era partidario de acudir, ni siquiera estando su mujer sitiada en la ciudad. Guido optó por reunir a todos sus recursos militares y aceptar el enfrentamiento, instigado por Reinaldo y presionado por el maestre del Temple, Gerardo de Ridefort. La película no consigue transmitir el carácter fanático de los templarios y el papel que jugaron en el apoyo al enfrentamiento directo, y además desaprovecha la ocasión de contar la batalla de "los cuernos de Hattin", un episodio clave en la historia militar medieval. Allí fue donde se perdió el reino. La caída de Jerusalén era ya un trámite. Saladino tardó dos meses y medio en llegar, porque antes tomó Acre, Jafa, Sidón, Ascalón. Sin las órdenes militares, sin caballería pesada, ni experimentados guerreros la ciudad no podía defenderse. Y cayó.

Hay otras muchas imprecisiones:

  • Raimundo de Trípoli (Tiberias) no se negó a ir a la batalla, sino que participó en la vanguardia, aunque en el primer enfrentamiento salió del combate con sus hombres.
  • El error fue entrar en la trampa, pero una vez dentro, la estrategia del rey Guido fue bien planteada, aunque desafortunada.
  • Balian de Ibelín también participó en la batalla (estaba en la retaguardia) y fue de los pocos que consiguió huir ileso al final del combate.
  • Saladino ajustició sólo a los miembros de las órdenes militares y a Reinaldo, apresando a la nobleza y vendiendo como esclavos en Alepo al resto de los supervivientes.


La historia de la batalla es apasionante y muy cinematográfica, pero sólo se nos muestra el desastre del resultado. La función desmoralizadora de la pérdida de la reliquia de la Vera Cruz en la batalla ni siquiera es mencionada.
Los personajes musulmanes están muy mal construidos (aunque perfectamente ataviados y armados): el joven que increpa a Saladino en su tienda es Taki al-Din, su sobrino, que estuvo en Hattin al mando de la caballería ligera. No se menciona que la mayoría de las fuerzas musulmanas no eran árabes, sino turcas, ni que Saladino se había hecho con el poder de Egipto, Siria, Jazira y Palestina, posición a la que había llegado siendo miembro de una familia de militares kurdos.
Algunos detalles no se entienden, porque no están explicados. Al ofrecerle una copa de agua de rosas helada a Guido, Saladino le ofrecía hospitalidad y protección, según las costumbres musulmanas. Por eso, cuando el rey se la pasa a Reinaldo de Chatillon, el sultán advierte: "Yo no se la he ofrecido a él". En caso contrario la tradición musulmana le habría impedido cortarle la cabeza como hizo.

La caída de Jerusalén
La toma de Jerusalén tiene también sus deficiencias. En una película con dos bandos (la bipolaridad antagonista que necesita la mente norteamericana) no cabe el problema de los cristianos sirios ortodoxos que estaban deseando que los cruzados dejaran de ser dueños de la ciudad santa y cuyas rebeliones hubo que sofocar.
Como siempre, la parte militar es la más fiable, incluidas armas de asedio y los trabucos (nombres de las máquinas que catapultaban piedras). El único borrón en la ambientación bélica: hay demasiadas explosiones. Aunque se lanzara aceite y brea incendiados, al chocar con los muros no provocaban semejantes explosiones. Cuando caían dentro de la ciudad generaban incendios en los techos de madera, pero no explotaban como misiles. La misión principal era abrir brechas en las murallas.
Balian pidió permiso a Saladino para entrar en la ciudad y pasar una sola noche en ella, para sacar de allí a su esposa María Comneno (con la que llevaba casado diez años) y a sus hijos. Cuando llegó le pidieron que organizara la defensa y el patriarca Heraclio le liberó del sagrado juramento que había hecho a Saladino de no volver a levantar armas contra él.

Por cierto, Sibila no huyó con Balian a Occidente. Se retiró a Acre y murió poco después en 1190. Guido dejó de ser rey, porque sólo lo era en calidad de consorte, y tomó la corona Isabel de Anjou, hermanastra de Sibila e hijastra de Balian, que en ese momento estaba casada en su cuarto matrimonio con Amalarico II, rey de Chipre y hermano de Guido. Pero para entonces eran reyes de un Estado en Tierra Santa más virtual que territorial.