Oliver Stone, 2003.

Alejandro, la figura de la historia sobre la que más se escribió en la Antigüedad no queda por ello más claramente dibujada en nuestra memoria. Influyeron en ello los múltiples relatos heroicos, fantásticos y novelescos como el de Pseudo-Calístenes. Por eso, el campo para la imaginación está abonado y exigir a una obra cinematográfica precisión en un terreno como éste puede ser un ejercicio de excesivo rigor.

El Alejandro de Oliver Stone sin dejar de ser discutible es creíble (se apoya ora en la “Anábasis de Alejandro” de Arriano ora en la biografía de Plutarco). La película adolece de algunos problemas que no se derivan precisamente de la ambientación (salvo algunos detalles), sino del orden de la narración, que es lo que lleva a conculcar aspectos significativos de la Historia.

Los principales problemas son de guión:

  • hay un excesivo protagonismo de Olimpíade (no Olimpia como se ha traducido en la versión española), aun siendo importante en la construcción del carácter de Alejandro y su acceso al trono macedonio;
  • hay un enfoque obsesivo en la personalidad compleja y contradictoria de Alejandro, frente a su habilidad de estratega y a su voluntad política, apenas desarrollada;
  • se producen varios movimientos temporales y “flash-back” innecesarios, si el guión hubiera estado mejor elaborado, que no contribuyen a aclarar los acontecimientos.


Además la película tiene problemas de realización: las escenas de batalla resultan confusas, quizá por incapacidad para mostrar la estrategia militar, y el recurso “photoshop” de ‘posterizado’ en rojo en la batalla de la India no está a la altura de los tiempos. La filmografía más reciente nos ha acostumbrado a “ver” las cosas (la batalla de Vindebona en “Gladiador” o las de la legendaria Tierra Media), no a ocultarlas con efectos.

El resumen de Ptolomeo
Sin embargo, el principal defecto del guión es el resumen histórico que hace el anciano Ptolomeo en Alejandría de Egipto varias décadas después de los hechos.
Su interesado resumen nos hurta aspectos muy interesantes como el asedio de Tiro (Nabucodonosor había fracasado después de un sitio de 13 años, Alejandro la tomó en menos de uno), en el que hubiéramos visto en acción la ingeniería de guerra, y tergiversa aspectos importantes de la historia de Alejandro.
Desparecen episodios legendarios como el del nudo gordiano, la fundación de Alejandría y entronización como faraón en Egipto, pero lo más grave es que no permite hacerse una idea de cómo fueron los acontecimientos.

Cuando Alejandro asciende al trono, elimina los competidores de su familia, asegura la estabilidad de su reino y pacifica las ciudades-estado de Grecia, destruyendo Tebas, por ejemplo. Sólo entonces se lanza a la aventura de conquista de Asia, pero no como dice el narrador: “con un ejército bien pertrechado, dominó Asia”. Alejandro se lanzó a una aventura, si contamos con que tenía un arriesgado cruce marítimo de sus 32.000 infantes y 5.000 jinetes, y contaba con 70 talentos y víveres sólo para un mes. Su ejército era excepcional, pero el enemigo podía ponerle enfrente casi 50 veces más efectivos.
Era una campaña a cara o cruz. Sólo la primera victoria permitiría seguir la empresa. Y así fue. Se alzó con ella en Gránico, batalla en la que Clito salvó de la muerte a Alejandro cortándole el brazo al sátrapa Spitridates. En la película todo ocurre en Gaugamela, una batalla en la que se decidió el poder sobre Asia, sí, pero que no era “la primera”, como dice Ptolomeo en su resumen: “finalmente Gaugamela”. ¿Qué hay de Iso? La batalla en la que empezó la derrota de Darío III Codomano fue Iso, donde la táctica de batalla del macedonio llevaron la derrota al persa: su minuciosa disposición de las tropas (con sucesivas correcciones) y su manejo del momento con un lento avance hasta el choque, con el ataque desde el ala derecha con la caballería y las tropas ligeras.

Sorprende la insistencia en mostrar mapas, cuando la sucesión de hechos se salta Los que evocan los más antiguos, son poco reconocibles para el público, los otros son más precisos de lo que se sabía en la época.
En otros aspectos el narrador también es impreciso. La contraposición macedonios-griegos, griegos-bárbaros está manejada con poca soltura. Olimpíade era griega, no bárbara, procedente de Epiro (un país griego tan poco refinado como Macedonia), y Filipo la desposó cuando era aún una niña.
El matrimonio de Filipo con Eurídice (en realidad se llamaba Cleopatra, nombre griego, no egipcio, que ha hecho pensar a los guionistas que provocaría confusión, y lo han cambiado) no obedece a una unión de Macedonia y Grecia, como dice Atalo, el tío de la novia, porque todos ellos eran macedonios.

Armería y almacén de antigüedades
La ambientación militar es de primer orden. Las indumentarias y las armas están documentadas con precisión. La lanza macedonia, sarissa, la espada de un solo filo curvo de Alejandro (parecida a la falcata hispánica) que iba sustituyendo a la recta de doble filo de los hoplitas, las corazas de tela y las anatómicas forradas de metal. Los cascos de Alejandro (como el del mosaico de Pompeya de la batalla de Iso), los cascos boecios de la caballería (que permitían mejor la visión lateral), los pantalones largos anudados al tobillo de los arqueros persas y su gorro frigio. Infinidad de detalles que consiguen mostrar en pantalla los ejércitos como eran.

En la decoración de los palacios, sin embargo, hay algunas imprecisiones y cierto mal gusto. El Aquiles en el carro pintado en la pared de la habitación de Olimpíade sólo ofende a la estética, mientras que la escultura del carnero levantado sobre sus patas traseras ofende al entendimiento. Se trata de una escultura sumeria “el carnero de Ur”, una joya del Museo Británico datada en 2600 a.C. y encontrada por los arqueólogos. Pintar a Olimpíade como una Medea bárbara, maga y amiga de las serpientes, lleva al director de arte a sus peores registros, a una manía anticuaria que acumula como en un almacén todo lo que parezca relacionado con lo misterioso en la habitación del personaje. Por eso coloca también allí la escultura de bronce etrusca que representa a una quimera.

La clase de mitología que recibe Alejandro de su padre en una cueva nos muestra una “Altamira griega” que nunca se ha documentado en la arqueología. Más verosímil hubiera sido ilustrarla con las pinturas sobre cerámica.
Las estatuas pintadas de la escena de la muerte de Filipo corresponden a la realidad (solo que las han hecho feísimas), lo que no se entiende es cómo iban a desarrollarse unos juegos en un teatro, en lugar de un estadio. Filipo en realidad fue asesinado en las bodas del hermano de Olimpíade, Alejandro de Epiro. Ese afán de Filipo de ser divinizado no está documentado, mientras que la sospecha sobre la participación de Olimpíade en el complot sí se encuentra en las fuentes.
La biblioteca de Ptolomeo en Alejandría con rollos con etiquetas colgando, y la escritura en columnas en papiro, son buena muestra de la cultura escrita de la época. Lástima que haya una escena en la que se hayan empeñado en encuadernar hojas cortadas en tamaño folio y ponerles a los documentos portadillas formateadas por un estudiante de enseñanza media de nuestros días.
El tablero de ajedrez en el que Alejandro explica su estrategia en Gaugamela no merece ni siquiera comentario, y las esculturas griegas en la Babilonia persa son cuando menos chocantes.

Pero es el síndrome Cecil B. De Mille de Hollywood el que se apodera de las escenas de danzantes en los festines y en las vistas gigantescas de la capital mesopotámica. El harén provocativo de Babilonia (ciudad muy bien recreada con sus altos muros de ladrillos decorados) pertenece más al mito que a la Historia. Además, Alejandro ya había capturado a las mujeres de la familia de Darío en Iso y las había tratado con respeto. Fue entonces cuando la madre de Darío (no su hija) confundió a Hefestión con el rey.

Batalla con elefantes
El único borrón en la documentación militar está en la campaña de la India. Para empezar, los griegos no era la primera vez que veían elefantes. Ya los había usado Darío en Gaugamela, aunque en menor cantidad. Los elefantes no llevaban torretas, porque esto fue una innovación que introdujo Pirro (primo de Alejandro) cuando invadió Italia en 280 a.C. Los elefantes se usaban contra la caballería, porque asustaban a los caballos por el olor (de hecho había que entrenar a los caballos para que pudieran enfrentarse a ellos).
El paisaje de selva en el que se desarrolla la batalla en la película no ayuda a entender lo que ocurrió. Se trataba de la ribera del río Hidaspes, cuyo cruce fue muy complicado para Alejandro. Los indios usaron en esta ocasión a los elefantes contra la infantería, pero las prietas filas de la falange macedonia y el hostigamiento de las tropas ligeras que herían a los elefantes, hizo que las bestias causaran más bajas entre los indios que en sus oponentes.

Esta batalla contra Poro no fue una derrota, como deduce el espectador en la película, fue una victoria, a la que siguió otra campaña contra los malios. Fue en el asalto a una de sus ciudades cuando Alejandro resultó herido de un flechazo en el pecho. Arriano afirma que Bucéfalo murió de viejo, aunque hay otros historiadores que apoyan la versión de la película.

Una mirada anacrónica
Insistir tanto y ver con tanta extrañeza la relación de Alejandro con Hefestión (casi como una reivindicación de la bisexualidad) no corresponde a una cultura en la que la relación entre jóvenes era algo aceptado. La formación militar y la camaradería con estrechos lazos afectivos entre los “compañeros” (nombre que, por cierto, tenía el círculo de mando de Alejandro) no era algo raro ni por lo que sentirse culpable, como parece sugerir la película. Realmente no era tan importante para los griegos como lo es para Stone.

El complejo de Edipo (el enfrentamiento con el padre y la dependencia emocional de la madre) con el que se pinta a Alejandro es más propio de la consulta de un psiquiatra neoyorquino que de la personalidad del monarca macedonio. La noche de bodas con Roxana no sólo es un tópico; Arriano afirma que Alejandro no la tocó inmediatamente, para que no se sintiera la hija del rey bactrio Oxiartes como botín de guerra.
También es anacrónico que Ptolomeo mencione el “helenismo”, cuando este término es una invención moderna del estudioso Droysen.

Pero quizá sea el espíritu norteamericano de “mensajeros y hacedores de la libertad de los pueblos” que el resulta más anacrónico para Alejandro. El ideal del macedonio no era la liberación de los pueblos, sino su sometimiento. Es cierto que los griegos se consideraban hombres libres, frente a los súbditos de un rey como Darío, pero en sus campañas su móvil era la gloria, el poder y el botín, no la justicia y la libertad de los pueblos.

Otra cosa es que Alejandro devolviera el gobierno a los mismos sátrapas o al indio Poro, para tenerlos a su lado; que promoviera la adopción de creencias y costumbres orientales, y la mezcla de culturas, como la boda masiva en Babilonia, al regreso de la India, entre griegos y persas, donde él mismo casó con la hija de Darío, Barsine, también llamada Estatira. También construía nuevas ciudades enteramente griegas (sus Alejandrías, Bucefalias o Niceas) y la transformación de Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia en culturas helenizadas, hasta la llegada al escenario asiático más de dos siglos después de los romanos, que también se habían helenizado en buena medida.

La muerte de Alejandro
La película no sugiere una causa de la enfermedad que mató a Alejandro, ni se decanta por el complot. Un reciente reportaje emitido por Discovery Channel sugiere que Alejandro murió por una intoxicación de eléboro (a juzgar por el patrón de su fiebre, que no se ajusta al padecimiento tifoideo). El eléboro es una raíz venenosa que se usaba de manera terapéutica para estados de decaimiento y depresión. Alejandro había quedado muy afectado por la muerte de Hefestión, abusaba del vino y tenía prisa por conquistar Arabia; ingredientes todos de un padecimiento que le llevaría a la muerte. A favor de la tesis del eléboro no administrado como veneno, sino como medicina podríamos mencionar el conocimiento que según Plutarco (“Vida de Alejandro”, 41) tenía Alejandro de esa planta: escribió al médico de Crátero dándole indicaciones sobre cómo administrarla. Su impaciencia pudo forzar el aumento de la dosis, lo que empeoró su situación y le hizo perecer.

En definitiva, en la recreación que propone Oliver Stone lo que se aparta de la Historia son detalles (aunque no pocos), y por lo tanto el resultado final no es catastrófico como en otras producciones históricas del cine americano.