Diálogo Mulcultural Universal

Ponencia en el Diálogo Multicultural Universal
Guadalaja (México)
Viernes 31 de agosto de 2012.

Una revisión del significado del mito con ejemplos culturales muy distintos en los que se pueden apreciar cuatro niveles interpretativos con diferentes funciones para la audiencia entre los aborígenes australianos, los sáparas de Ecuador, los shipibo de Perú o la antigua Grecia. 

Esto merece una reflexión sobre la pervivencia de las culturas originarias, y sobre la situación y el uso de los mitos hoy día.

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Lumer llevaba muy poco tiempo en la aldea de Factia donde había llegado en busca de acomodo a sus anhelos y necesidades. Aunque nunca había tenido totalmente claro qué deseaba y necesitaba.
Sin un plan previo, iba pasando su vida, poco seguro de cómo hacerlo. Casi como cualquiera.
Factia era una aldea tranquila entre altos montes y atravesada por un río de frescas aguas. Las gentes que la habitaban eran trabajadoras y correctas, pero no realmente amistosas.

Desde su llegada, Lumer había encontrado en Fladián alguien con quien hablar de algo más que la típica conversación intrascendente.
Ella era la única persona que le había franqueado el paso a su casa. Un día, al entrar, Lumer sorprendió a Fladián ocultando con rapidez un objeto en el armario.
Él no le dio importancia, pero observó un leve brillo dentro del mueble antes de que Fladián corriera una cortina para ocultarlo. Con franqueza Lumer preguntó de qué se trataba, percibiendo de inmediato la turbación en las palabras de Fladián.
La naturalidad de Lumer fue levantando los recelos de Fladián y ésta acabó contándole algo que él desconocía por completo: Los habitantes de Factia disponían de una energía que encerraban en pequeñas ampollas globulares de vidrio. Nadie sabía cuántas tenía cada uno, porque eran guardadas de forma individual y secreta.

A partir de aquel día, Lumer aguzó su vista y pudo apreciar cómo bajo sus capas algunos factienses llevaban suspendidas del cinto ampollitas convenientemente protegidas.
Cada uno usaba su ampolla incandescente con disimulo en las situaciones que consideraba adecuadas. Lumer se dio cuenta de que ese valor era celosamente guardado para uso individual.
En otra visita a Fladián, Lumer se lamentó de no disponer de algo que todos consideraban precios y le preguntó sobre el origen de esa energía luminosa y Fladián le explicó que no sabía realmente cómo, pero que era ella misma la que llenaba las ampollas de luz.
Percibiendo la decepción de Lumer, quien creía que no tenía gran cosa que aportar, Fladián le entregó un frasquito vacío.

De vuelta a su oscura estancia, Lumer estuvo mirando la ampolla vacía, desalentado y convencido de que era imposible que él tuviera algo tan valioso. Pero pudo más su deseo que el desánimo y con cierta reverencia cogió entre sus manos el recipiente de vidrio.
Fue apretándolo y al calor de sus manos surgió un tenue color en el fondo. Lumer tapó de inmediato el frasquito, pero se dio cuenta de la palidez del color.
Pronto se animó a repetir la experiencia con mucha más convicción. El resultado fue una luz rosada que le llenó de satisfacción.
Lumer estaba muy orgulloso de su logro, pero no sabía cómo compartir su alegría. Al fin decidió enseñárselo a Fladián.
A ella le sorprendió esa actitud, pero la determinación de Lumer y la belleza de su luz le hicieron sentirse bien.
Tanto bien que, cuando Lumer le pidió que le enseñara una de las suyas, apenas ofreció resistencia.
¡Cuál sería el asombro de ambos, cuando al poner juntos los dos frascos la luz ganó potencia de forma increíble!

Pasando los días, Lumer y Fladián se atrevieron a utilizar abiertamente su energía y pronto en la orilla este de Factia empezó a ser frecuente que las luces doradas y rosadas rompieran la oscuridad.

No fue fácil que los factienses cambiaran sus hábitos. Hubo grupos que se negaban a mostrar su luz. Otros ni siquiera querían admitir que la tenían.
En la margen oeste seguía la tradición secretista, pero llegaban noticias de que, cuanto más se mostraba, más potente era la luz y que un grupo de factienses podía disfrutar de un verdadero espectáculo, que además ofrecía grandes beneficios para todos.

Poco a poco toda Factia estaba cambiando. Eran pequeños detalles que mejoraban la vida de sus habitantes de la orilla oriental.
Un día Lumer y Fladián se encontraron en el puente con el sabio anciano Olik.
La mano temblorosa del viejo dejó caer una ampolla azul. Fladián y Lumer nunca habían visto un frasco de ese color y Olik les explicó que eran así las pocas que en su larga vida había intuido bajo las capas de sus vecinos.

Al golpear sobre el puente, se había creado una grieta en el frasquito y la luz azul empezaba a desvanecerse.
Lumer tuvo una intuición y con determinación cogió su ampolla rosa, aunque era la única que tenía, y la arrojó junto a la de Olik.

Las dos luces ganaron en intensidad, como los factienses orientales ya sabían, pero pronto se produjo un nuevo efecto que dejó atónitos a los tres: al escapar de los recipientes rotos, las dos luces se mezclaron y dieron lugar a múltiples tonalidades.
Poco a poco se las tragó la oscura neblina, pero algo había cambiado ya para siempre.

Llevó tiempo a los factienses aprender a sacar provecho a sus nuevas energías luminosas o saber cómo y cuándo eran más productivos los intercambios o cómo integrar su potencial.
A los especuladores de ampollitas luminosas se les acabó el negocio, porque ofrecer y compartir era más rentable que poseer. Cuanto menos se atesoraba, más se tenía.
De forma natural fueron cambiando las reglas, se abrieron nuevos caminos y se hicieron visibles vías ocultas.

Cómo transmitir que la gestión del conocimiento es algo que pertenece a los que la integran y no a los que la proponen. Cómo hacer entender que, si sólo esperan resultados y no hay involucración en el proceso, no se obtiene nada.

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