Cuento neo-oriental

Un sabio anciano, pensador errante, llegó en su deambular sin rumbo a una aldea que estaba al pie de un castillo. Dándose cuenta de que sus habitantes se ocupaban de sus vidas y tareas sin entusiasmo, preguntó a uno de los aldeanos:
- "¿Qué tristeza invade a ti y todos tus conciudadanos?".
El labrador contestó: "La de sentirnos desamparados de la atención del señor del castillo al que servimos".
El anciano sabio preguntó entonces: "No parece que os falte nada preciso ni que ejerza sobre vosotros una autoridad violenta que os prive de libertad". A lo que el labrador repuso: "Así es. Pero el señor no se deja ver. Nunca nos visita ni habla con nosotros".

Dándose cuenta de que el contacto con el señor levantaría el ánimo caído de sus aldeanos, se dirigió al castillo para hablar con el señor del lugar. Concedida la audiencia, el señor acogió al sabio con estas palabras: "Habla, anciano, mis oídos sólo atienden a tu sabiduría".


El anciano le preguntó: "¿Te preocupas por tus aldeanos y les proporcionamos todo lo que precisan para su bienestar?".
La respuesta del señor fue: "Mis consejeros me transmiten todas sus peticiones y yo proveo para que sean complacidos".
El anciano apuntó: "Sin embargo, ellos echan de menos tu presencia, recibir tu aliento, escuchar tu gratitud".

La reacción del señor fue la siguiente: "Si alguna vez alguien me hiciera llegar tales demandas, las atendería con gusto". Inquirió el sabio con estas palabras: "Y ¿qué piensas hacer ahora al respecto?". A lo que el señor dijo: "¿Por qué habría de hacer algo? ¿No te he dicho ya que nadie me ha pedido nada?

El sabio anciano prosiguió su viaje a cualquier parte, habiendo rechazado los obsequios que el señor le ofreciera y meditando cuán débil es el espíritu del que se siente cómodo en su fortaleza.