INTERNET ES LA MECA DEL HIPONDRÍACO, SI SE FÍA DE LO QUE LEE
Publicado en la Guía de inter.net, num. 7 (diciembre 2002)


Doctor, ¿por qué no me receta esto?”
- “Y ¿por qué habría de hacerlo?”
- “Es que he leído en Internet que me vendría muy bien para lo que yo tengo”.
- Pero si usted no tiene nada más que un embarazo normal”.

Y es que en Internet hay de todo. También sobre salud y enfermedades. Es la meca del hipocondríaco. A la mínima sospecha de dolencia, búsqueda al canto y… ¡a disfrutar de la sintomatología! O quizá no. Porque el hipocondríaco suele ponerlo todo en duda y su desconfianza quizá compense su vulnerabilidad.

Antaño uno iba al médico y, si sospechaba del diagnóstico o había indicios de duda, pedía una segunda opinión médica. Ahora, antes de ir al médico, muchos pacientes se preparan y llegan a la consulta con la dolencia estudiada. Que se lo pregunten a los ginecólogos, que parecen ser los que más lo sufren.
- “Doctor, he leído en Internet que a partir del sexto mes viene bien usar faja. ¿Me compro una?”
- “Por mí como si se compra unos patines. Mientras no se los ponga”.
Y es que el facultativo se tiene que defender con ironía de las recomendaciones sin fundamento.

Lo cierto es que en internet se puede aprender mucho, pero también puede uno terminar confundido o totalmente errado.
El otro día recibí un correo electrónico con una presentación donde se explicaba cómo salvar la vida en un ataque al corazón que te pilla solo, por ejemplo conduciendo de vuelta del trabajo. La premisa era muy sencilla: en primeros auxilios te enseñan a reanimar a otros, pero ¿y si estás solo? Pues controlas la respiración, toses enérgicamente y yo qué sé qué otras cosas.
La presentación era algo cutre, su expresión verbal descuidada y encima nadie se responsabilizaba del contenido con su firma. Mis sospechas se confirmaron cuando al poco tiempo recibí otro correo más escueto, preciso y firmado por un médico del Consejo Español de Cardiología, que calificaba el escrito de peligrosa patraña. Si usted tiene algún síntoma de infarto, vaya de inmediato a un centro médico o pida ayuda.

Al parecer, el 80 por ciento de la información sanitaria que hay en Internet es poco o nada fiable. Entonces, ¿cómo distinguir el grano de la paja?
La respuesta no es fácil y, desde luego, la censura en forma de control corporativista de la información sanitaria no es una opción deseable. Entre otras cosas porque esa medicina institucional no es la única que puede ayudarte a conservar la salud, y porque el carácter abierto de Internet es uno de sus principales valores.

Lo que no resulta fácil de saber es quién está detrás de una información y con qué conocimientos e intenciones la está poniendo en circulación.
Sabemos que hay guerras comerciales en la industria farmacéutica, y la verdad es que, aunque se les suponga ética y juego limpio, nunca ha sido tan fácil difundir de forma anónima una opinión adversa sobre un remedio. No afirmo que ocurra, pero ¿quién nos dice que no es una campaña de desprestigio la periódica advertencia contra ciertos productos de los llamados ‘de herbolario’?
En el mundo impreso tradicional eran las marcas, las casas editoriales, las que tenían un prestigio que transmitían a todo lo que llevaba su sello. Sin embargo, en Internet esas marcas no están igualmente consolidadas ni son tan reconocibles. Además, en la Red solemos acceder a piezas inconexas de un puzzle informativo para cuya interpretación nos puede faltar criterio a los no expertos.

Sin embargo, hay muchas cosas interesantes, buenos consejos y herramientas para conservar y reponer la salud; pero ¿cómo distinguirlos?
Ya hemos aprendido que la realidad no se reduce a lo que sale en los informativos de televisión, que no es verdad algo sólo por haber sido publicado en un periódico o difundido por una emisora de radio.
En Internet aún nos queda mucho para saber cuánto podemos fiarnos de lo que allí encontramos. Así que, mientras tanto, ¡cautela! Porque da la impresión de que muchos todavía piensan que la pantalla lo aguanta todo.