Pretender abarcar todas las posibilidades de la tecnología genera mucha ansiedad, pero existen vacunas.
Publicado en la revista Seniornet, num. 22 (2º trimestre 2006), p 70.

La semana pasada conocí a una joven pareja canadiense que ya ha pasado de los 65 años de edad. Roger, que detesta los teléfonos móviles, está casado desde hace más de cuarenta años con Shirley, que jamás ha encendido el ordenador que le regalaron hace tiempo.

Los dos tienen una clara aversión a ciertos dispositivos tecnológicos, pero esta encantadora pareja es perfectamente complementaria, porque Roger es un internauta nato, mientras que Shirley se ocupa de las comunicaciones telefónicas.

Sus habilidades les vienen muy bien en sus viajes. Les encanta visitar países y moverse con libertad. Durante los desplazamientos, Shirley mantiene informados a sus hijos y nietos, mientras que Roger relata con más detalle sus experiencias en los ordenadores de los hoteles o de los cibercafés, donde se encuentra como pez en el agua.

Además, Roger utiliza la red para leer su periódico local desde cualquier parte del mundo y para  explorar los lugares antes del viaje, conocer ofertas y contratar servicios, controlando cada detalle del viaje como a él le gusta. Cuando suena el teléfono móvil se pone de los nervios, porque además no oye demasiado bien. Menos mal que ahí está Shirley que maneja estupendamente los principales elementos del menú de su móvil, envía mensajes y está pendiente de las llamadas perdidas.

Conversando con este simpático matrimonio, me pude enterar de que Shirley no utiliza las posibilidades multimedia de su móvil, ni Roger carga en sus desplazamientos por el mundo (Bali, España, Hawai) con un ordenador donde volcar las fotos de una cámara digital. Ambos saben que esas opciones existen, pero las ignoran a propósito.

A ambos, con su peculiar simbiosis, les resulta fácil controlar la ansiedad tecnológica que provoca la escalada funcional de la tecnología de nuestros días.

A personas más jóvenes, la ansiedad tecnológica les lleva a querer cambiar de móvil o de PC antes de haber sacado partido a las posibilidades del que tienen. Otros dedican más tiempo a explorar funciones que a utilizarlas para su disfrute (es como si el disfrute consistiera sólo en saber que existen las opciones). A los que tienen la edad de Roger y Shirley esa ansiedad tecnológica les suele provocar parálisis, porque el miedo a no saber usar la tecnología se convierte en una barrera infranqueable, que cada vez les aleja más del progreso tecnológico.

Pero la responsabilidad no es sólo de cada individuo, porque el grado de inmadurez de la propia tecnología es también causa de esta ansiedad. Internet sirve para casi todo, pero para nada en concreto. Esperemos que con el tiempo se vaya especializando su uso, como hace un siglo ocurrió con la tecnología de la radio.

Los dispositivos tecnológicos aún no traen un manual de “prácticas de uso saludable”. En todos los manuales (que, por cierto, nadie lee) se explica con detalle qué puede hacer la máquina, pero no se nos dice qué nos conviene hacer o para qué nos puede venir bien. Los primeros robots de cocina de los años setenta ya venían acompañados de un recetario de sugerencias culinarias. Creo que en algunos aparatos de tecnología de información estaría bien que nos dijeran qué efectos secundarios en nuestras relaciones sociales puede tener su uso intensivo o qué dosis de uso es recomendable, como en un prospecto farmacéutico.

Por ahora, son escasos y tímidos los intentos de comercializar, por ejemplo, móviles con teclas grandes y funciones simplificadas para personas mayores. Por el contrario, los fabricantes tienden al concepto de “all-in-one”, que tiene un público muy especial y que al resto le provoca ansiedad, porque cuanto más variadas son las opciones, más complejo es el uso de las funciones esenciales.

Por eso, la receta contra la ansiedad tecnológica es la renuncia parcial. Una vez identificada una función de uso a la que sacarle partido, lo mejor es disfrutarlo, sin preocuparse de otras opciones. Si más adelante podemos incorporar más funciones a nuestra actividad normal, bien. Si no, no hay problema. Siempre usaremos más la tecnología de esta forma que si dejamos que nos abrume hasta la parálisis.