Casi dos décadas acostumbrados a desahacer con un sencillo comando lo que hemos hecho.
¿Tiene esto efectos en nuesto comportamiento en el mundo real?

Publicado en la Winred (1 de abril de 2002)


Casi sin darnos cuenta hemos cambiado el sentido a la palabra ‘deshacer’. Vinculada durante siglos a acciones negativas (descomponer, deformar, desbaratar, desgastar), ha pasado a ser sinónimo de una bendición.
Se trata de la capacidad que la informática nos concede para que, si así lo deseamos, no tenga efecto lo que hacemos.
Es una de las primeras enseñanzas que se ofrecen al neófito que, como aconsejaban los griegos, suele llegar al conocimiento a través del sufrimiento, porque el instructor recurre a la demostración antes de la explicación: “Seleccionamos el texto que tanto te ha costado escribir, pulsamos aquí y lo borramos”. Espera de unos segundos para que cale bien la lección (la disposición para recibir el mensaje se nota en la cara de espanto del alumno). “Tranquilo, que se puede deshacer”.

La importancia de esta lección es mayor de lo que parece, porque dominar el ‘deshacer’ es la base para el método básico del mundo electrónico, que se conoce como ‘prueba y error’.
Las series sucesivas de ensayos de esta metodología se hacen más llevaderas al no tener que volver a colocar todas las piezas en la posición que tenían antes de nuestra última tentativa.
Tan incorporado lo tenemos como pauta de comportamiento que los programas se apresuran a advertirnos cuándo no vamos a poder deshacer la acción que tenemos a punta de clic.
Sin embargo, la gran virtud del ‘deshacer’ es que, dejando las cosas como estaban antes de nuestros actos, nos libera de toda responsabilidad sobre los efectos de nuestros errores. Hay incluso programas que te permiten definir cuántos ‘deshacer’ quieres que se te consientan, con lo que delimitas los tropiezos autorizados.

Lo malo es que muchos han incorporado este comportamiento a su vida no digital, de forma que se saltan semáforos rojos y te miran como diciendo: “Es que este coche tiene ABS y servodirección, pero no le han instalado el ‘undo’”.
Esa ligereza nos impulsa a llevar a cabo acciones que no se pueden deshacer: guardar un fichero con distinto nombre, meter la pata delante del jefe, eliminar los documentos de la papelera, ofender a tu pareja, sustituir el contenido del portapapeles, dejar que se te queme el arroz.

Y es que está bien el ‘deshacer’ al que nos hemos acostumbrado, pero lo realmente genial sería que algún programa nos permitiera deshacer no lo que le hemos hecho a objetos virtuales, sino a seres reales.

Auschwitz, Hiroshima, Chernobyl, Ruanda, Srebrenica, Torres Gemelas, Ramala... Control+Z.