Mucho lamento por el mal uso del español y poca flexibilidad a la hora de incorporar palabras que necesitamos.
Publicado en la Winred (1 de abril de 2002)

De cuando en cuando se escucha el lamento por el deterioro del español y la invasión del inglés. Y es lamentable que muchos textos que reclaman una beligerante defensa contengan errores léxicos y sintácticos que denotan mucho menos compromiso con la lengua de lo que se declara.
Hace tiempo que dejé de ser fundamentalista lingüístico y creo que la lengua está a nuestro servicio, aunque tenemos que cuidarla para que siga sirviéndonos. Es nuestra herramienta para comunicarnos, aunque no siempre sirva para que nos entendamos. La prueba es la cantidad de veces que discutimos para decir lo mismo: la lengua nos traiciona cuando ensoberbecidos creemos que debemos ser entendidos incluso descuidando su uso.
A muchos se les llena la boca invocando la lengua de Cervantes y olvidan que ese español tiene ya cuatrocientos años.

Los que rechazan cualquier vocablo extranjero no entienden que las lenguas están vivas, que la nuestra es producto de una “degeneración” (desde su punto de vista) y que desde su origen no hace más que evolucionar, porque nació cambiando.
Si hubieran sido tan maniáticos los castellanos medievales no diríamos ahora ‘almohada’ (palabra “invasora” del árabe) sino algo más “correcto”. Quizá ‘ciervizal’ (del latín ‘cervicalem’) o ‘polvín’ que vendría de ‘pulvinum’, una especie de cojín (< lat. *coxinum) romano. No diríamos hoy ‘sable’, si en el siglo XVIII no hubieran asumido que la espada ligeramente curva que los alemanes llamaban ‘säbel’ era absurdo llamarla ‘curvigladio’, si se me permite este purismo latinizante de lingüística-ficción.
Si los propios romanos no hubieran sido algo flexibles hoy no diríamos ‘camisa’, palabra que sacaron del anglosajón a través del celta de los galos, ni ‘conejo’ (< cuniculus) que lo cogieron de nuestros ancestros ibéricos.
Creo que palabras como ‘branding’ (disciplina con objetivos y técnicas propios que no están reflejados en la palabra 'marca') tiene tanto derecho a vivir entre hispanohablantes como el marketing, que se impuso frente a la ‘mercadotecnia’, que resultaba más extraña que el anglicismo.

Con esto no me adhiero a la invención sistemática de vocablos para referirnos a conceptos que disponen de una variedad terminológica amplia en el acervo español. Usemos bien lo que tenemos.

Una vez oí a un conferenciante explicar el proceso de ‘sumitir’ documentos, en lugar de introducirlos o enviarlos. No sólo me hizo daño a los oídos, sino que me temí lo peor: además de innecesario era peligroso. Antes de acabar la conferencia buscando el cultismo dijo que “tenía un documento sumiso”. Y no le entendí. Estaba apañado, si el resto de sus documentos hacía lo que daba la gana.