Los servicios de venta de entradas por teléfono ¿han introducido racionalidad en las largas colas de espera en taquilla?
Publicado en la Winred (1 de junio de 2002)

Hace un par de décadas el Teatro Real de Madrid era una sala de conciertos, sede de la Orquesta Nacional de España. Para ir al concierto de los domingos, los jueves madrugábamos en extremo y pedíamos número en la puerta de la taquilla a un individuo que nada tenía que ver con la organización del teatro y que tenía más sueño que nosotros. Se pasaba lista cada hora hasta las nueve, momento en que se formaba la “cola física”. Cuando había mucha gente (más de 200 personas), a las 8 de la mañana se pasaba “lista en el caballo”. Es decir, al pie de la estatua ecuestre de Felipe IV en la Plaza de Oriente, donde había más espacio. A las 10 abría la taquilla y antes de veinte minutos teníamos nuestras entradas: central anfiteatro, fila 4, butacas 1, 3, 5 y 7.

Entonces abundábamos en la cola estudiantes y jubilados melómanos. Ahora, que ya no pertenezco al primer grupo y que aún me queda para alcanzar el segundo estado de beatitud, no puede ir a la cola del Real, que también ha cambiado y ha recuperado su condición de coliseo operístico.
Confiando en que la telemática viniera en mi ayuda, intenté comprar entradas a través de “Tele-entradas”. El día que salen a la venta las de un espectáculo dado, hasta las 9:55 te sale un contestador que no te da número y te dice que vuelvas a las 10:00, hora a partir de la cual comunica o no contesta por mucho que lo intentes.
Puedes marcar el número más de un centenar de veces y te ocurrirá de todo, menos que te atienda un operador. Te dirán que las líneas están saturadas, que has pulsado un opción incorrecta o incluso que el teléfono no existe...

Doce horas y unos doscientos intentos después, está ya preparado un nuevo mensaje grabado y, cuando ya creías que te tocaba el turno, oyes: “Para todas las representaciones de la obra quedan sólo localidades de escasa o nula visibilidad. Si está interesado, por favor, espere”.
Pero, ¿quién reconstruye el interior de un teatro y deja puestos sin visibilidad?
En tu abatimiento, sigues haciéndote preguntas que aumentan tu frustración: ¿cómo se hace para ser el primero de la lista, si madrugar no ayuda? ¿cuánta gente tenía delante? ¿cómo elige el sistema telefónico el orden de atención? En definitiva, ¿a quién “sirve” el servicio de tele-entradas?

Si después de estar todo el día en una cola invisible, sólo puedo aspirar a localidades invidentes, el teatro se convierte para mi en i-Real.