¡Quién sabe lo que realmente pasa cuando vemos a alguien usando un manos libres de teléfono móvil!
Publicado en la Winred (6 de junio de 2002)

Siempre se nos ha dicho que las personas que hablan solas por la calle no están en sus cabales. Y siempre he sospechado que no era un indicio suficiente para juzgar la salud mental de nadie. Quizá porque alguna vez me he sorprendido diciendo algo en voz alta mientras caminaba solo, quizá porque creo que locura y cordura son mucho más difíciles de discernir que por un indicio tan débil.

Ahora, con el móvil en el bolsillo y un ‘pinganillo’ colgando de una oreja, muchos creen demostrar más juicio hablando alto y accionando la manos. Esto de mover las manos no es sólo un atributo meridional y mediterráneo, sino que en la circunstancia que nos ocupa se considera un rasgo de compromiso con el tema al que se entrega el ‘hablante’ público.
El otro día vi a un individuo engominado en un Porsche descapotable (y descapotado) que tenía el ‘manos libres’ instalado (o eso creí). Parado en un semáforo a su altura no pude evitar bajar la ventanilla y escuchar. Después de un rato de acalorada intervención dando órdenes y metiendo una bronca espectacular, el semáforo se puso verde y tuve que irme sin haber oído la voz de quien estaba al otro lado de la línea inalámbrica.
Pero, ¿seguro que había alguien al otro lado?
Quiero decir: ¿cómo sabemos que no estaba hablando solo?

Me pregunto cuál es la versión más reciente del vagabundo que arrastraba un carrito con todos sus enseres y hablaba solo. Lo cierto es que con una americana informal conseguida por tres euros en una tienda de ropa usada de Humana y con unos auriculares de los que regalan en el intercity, rescatados de un banco de Chamartín, cualquier ‘sin techo’ podría simular sin esfuerzo la escena del atareado ejecutivo que da instrucciones. Basta con ponerse a andar por la acera arriba y abajo, y hablar un poquito más alto de lo que suelen hacer los tradicionales habladores solitarios (imprescindible no olvidarse de mover mucho los brazos).
En ese caso no habría diferencia entre el vagabundo y el supuesto directivo o gerente de ventas que ‘habla solo’.
A lo mejor tienes un padre con fortuna que no sabe qué hacer contigo, porque eres incapaz de llevar un negocio (y ya has arruinado tres) y entonces te compra un coche deportivo y te pide que te apartes de sus empresas. Entonces la frustración te lleva a simular ante cualquier viandante que sigues al mando, que eres capaz de poner orden.

Si tanto el vagabundo como el ‘hijo de papá’ creen que son altos ejecutivos y se dedican a hablar solos, ¿cómo sabremos cuál es el loco?