>Tantas facilidades para que quede bonito, que nos olvidamos de acertar en el mensaje de los documentos que generamos.
Publicado en la Winred (10 de julio de 2002)

Una buena presentación puede asegurar el éxito de una propuesta. Estamos de acuerdo; las formas son importantes. Muy importantes. Pero a veces la buena apariencia de un determinado documento puede ser una barrera para la correcta comprensión.

No he dicho una correcta apariencia, sino una buena apariencia. Hay profesionales en muchos ámbitos de actividad que, detrás de una cierta habilidad ofimática en la presentación, esconden una notable falta de competencia. Los hay que, incapaces de centrar su atención en el asunto, se pierden en los modos. Es como ese personaje público que cuanto menos tiene que decir más florida y ampulosa hace su expresión.

A todo esto ha contribuido la democratización de la informática que, como todo, tiene sus luces y sus sombras. Se le ha sacado tantísimas veces un excelente partido, pero tiene su lado perverso. De hecho, ha tenido incluso efectos en la producción industrial.

La autoedición ha eliminado el papel carbón y ha convertido a las máquinas de escribir en un mueble que un par de veces al año viene a usar una secretaria de la segunda planta para rellenar un impreso que nadie convierte en formulario de la intranet, porque sólo lo usa ella. La habilidad del ordenador para hacer y deshacer a voluntad ha transformado la categoría de producto del ‘tipex’, que ha abandonado la sección de “material de oficina” para verse relegado a “artículo de uso escolar” (a pesar de los peligros de inhalación). [Comprobación: busque en el cajón de la mesa de trabajo (tendrá que meter la mano hasta el fondo) el botecito de ‘tipex’ e intente usarlo. ¿Está seco?]

Pero volvamos a los riesgos para la comprensión. Hay veces que una variedad tipográfica, una perfecta justificación de márgenes y una estructura de apartados numerados en cascada esconden una ausencia total de ideas. La razón es que el autor se ha tomado todas las molestias menos la de pensar cuál es el mensaje que quiere transmitir, documentarlo y exponerlo de forma clara, breve y ordenada. Un prestigioso lexicógrafo del griego se quejaba en 1987, tras veinte años de labor con su equipo, de haber perdido la libertad de corregir los lemas redactados por sus colaboradores. Ahora estaban tan bien presentados con el ‘wordperfect’ y la impresora matricial, que ¡cualquiera les hincaba el lápiz rojo!

Los documentos falsamente repulidos me recuerdan a las camisas recién compradas: están estiraditas, torturadas por un chino con alfileres, pero cuando has quitado el alfiler del capítulo 4.1.3.2.1, te das cuenta de que no te la puedes poner, hay que lavarle las ideas y plancharla de nuevo, con menos rayas.