- Buenos días os dé Dios, señor; que mucho ha que no cruzábamos palabra.
- Buenos los tengáis vos, Martín, mi buen librero, que tan en falta os he tenido en los últimos tiempos.
- Pues tal falta no ha sido mía, que aquí me habéis tenido siempre a vuestro servicio. Fuisteis vos, señor Quijano, quien dejó de venir a por libros con que salir pertrechado para vuestras imaginarias aventuras.
- Os daré la explicación a esto para aliviaros la extrañeza. Bajo el nombre Netijote, que tanta gloria me habrá de traer, vivo envuelto en andanzas internéticas, aunque se ha llegado ya el tiempo de volver a por más libros de los que vos gustáis servir a vuestra clientela.
- Gusto tengo en seguir vendiendo puertas a la fantasía y al saber, mas temo que la Internet que decís nos ha restado adeptos a estos viajes por las letras impresas.
- No es por polemizar con vos ni por quitaros la razón que tengáis, Martín, pero sois quizá injusto en demasía con la Internet, cuando quizá sean los autores y el gremio editor quienes no han comprendido que están ante un diferente transporte de cultura y no ante un instrumento de ignorancia.
- ¿Cómo decís, señor? ¿Cuáles serían, si las hubiere, las virtudes de ese mundo de imágenes y saltos?
- ¿Lo veis? No sois justo, como os digo, en lo primero y lo segundo no comprendéis bien qué signifique. La Internet ha devuelto a los ávidos de lo audiovisual a la lectura por necesidad, restableciendo un equilibrio entre figuras y palabras, entre lo visto y lo imaginado, del que andábamos faltos. Razón tenéis, en cambio, en que el salto de una página a otra es lo habitual en la Internet, mas conviene comprender qué consecuencias tiene, más que lamentarse por ello.
- Y ¿son?
- Que no es ya el autor el dueño de la marcha de la lectura, sino el que lee, y que por ello no podemos dar nada por sabido. Hasta el advenimiento de la Internet el escritor podía suponer que tras la página seis se había de leer la siete y antes della habíase leído la cinco. Ahora, no.
- Pero convendréis conmigo que esto es pernicioso para el entendimiento de lo que se nos quiere decir.
- Sí, Martín, para la literatura de caballería, para la narración novelesca, porque ha de seguirse el andar de la acción según lo concibe el narrador. Pero son muchos otros los géneros que pueden, y aun deben, ser escritos de otro modo para la internética edición.
- ¿Cuál modo?
- Esos discursos con su introito, seguido luego de los documentos, diplomas o cartapacios en que se sustenta su tesis y que acaban el camino con la conclusión no son los más adecuados para la manera como las gentes leen en la Internet. Allí, en cambio, hay que evitar la intriga, siendo mejor contar antes lo más importante y no dejarlo para el final. El carácter de los pobladores de la Internet hace que vayan más adentro del discurso sólo cuando se despierta en ellos el interés por alguna de las ideas.
- Pero así no llegarán nunca al correcto conocimiento.
- No, si no se cambia la forma de escribir. Convendréis conmigo que, si muda la forma de leer, habrá que adaptar a ella la forma de trasladar ideas con palabras.
- Sigo sin entender a vuestra merced. ¿Cómo podrá hacerse?
- Escribiendo por episodios que, como ínsulas en un mapa, poseen cuanto basta para entender el texto y el contexto. Luego las ínsulas vienen a unirse entre sí por tantos puentes como sean necesarios para pasar de unas a otras.
- Así no puede el sabio autor imaginarse cuál sea el verdadero camino.
- Si fuera ciertamente sabio, habrá ya comprendido que él sólo puede concebir recorridos con sentido, pero que habrá de ser su lector quien halle sus propios caminos. O ¿creéis que dejaría yo que me marcaran todos los pasos que he dar en mis andanzas internéticas?
- Supongo que no. Mas, serán pocos los ornamentos literarios que se podrán permitir los escritores, si andan ocupados en columbrar el modo de anudar sus ínsulas.
- A cada expresión su poética: en la Internet manda más claridad, concisión, clasificación, coherencia, credibilidad, que otros tropos de la retórica. Pero ved: aquí viene ya mi escudero. Martín, dadme el atillo que habéis aparejado de novelas de caballerías y esas que hablan del poder, de mágicos anillos y altas misiones. ¡Quedad con Dios!
- ¡Que él os acompañe en vuestras lecturas!