- Mira Sancho, los terrenos que ves y que ahora pisas son del marqués de Mandribona, que nos dará cobijo unos días en su corte.
- Ya veo. Y veo también que en esa fábrica aneja al palacio hay un hombre que paresce asaz inquieto.
- Decid buen hombre -dijo Netijote cuando llegaron a do estaba el desesperado personaje-. ¿Qué es lo que os tiene tan fuera de vos?
- Veréis, señor caballero, que aunque no os conozco daré alivio a mis penas contándooslas. Ludovico Masi soy de nombre, aretino de origen y pintor de oficio. El marqués dueño destas tierras encargóme un trabajo de decoración al fresco de las paredes para la nueva ala de su palacio. Vine de Italia hace ya dos meses y el muro que he de pintar con las hazañas del marqués ni siquiera está construido.
- No os inquietéis, Ludovico -intentó tranquilizarlo Netijote-. Cuando se acabe el muro, pintáis la pared. Mientras, gozad de la hospitalidad del marqués y deste aire serrano.
- No es aire sino ahogo el que tengo, pues el marqués ha convocado a los Grandes de España y a miembros de las Reales Casas de Europa a la inauguración de las nuevas estancias y, como tarde en construirse, no me quedará tiempo para hacer mi trabajo como debiere. Aunque el marqués aplazase la fecha de tan magno evento, cosa que dudo, yo estaría perdiendo igual, pues faltaría a otros encargos que tengo apalabrados en las cortes borgoñona y sueca antes del verano.
- Difícil situación, voto a tal. Pero, ¡mirad! Por ahí viene el marqués con su séquito y podréis explicarle el problema.
Apenas se acercó, el marqués fuese derecho a abrazar al pintor, diciéndole:
-Ludovico, mi artista predilecto. ¿Cómo van esos trabajos? ¿Cuándo podré ver puesto el color a los esfuerzos de mi vida?
- Veréis, el problema es... -empezó a contestar, sin siquiera poder comenzar la frase.
- No hay problema sin solución -interrumpió el marqués-. Pero mirad quién ha llegado: el caballero Netijote. Venid conmigo, paseemos y contadme nuevas de vuestras internéticas aventuras.
Alejáronse ambos, mientras los consejeros del marquesado quedaron cerca de donde estaba Sancho, debatiendo con el italiano soluciones a la grave y acuciante situación:
- Comprenderéis que no puede el marqués ver sus pinturas, si no está terminada la pared, -gritó Ludovico, agitando los brazos.
- No dramaticéis -contestó uno al pintor-. Mientras se acaba, podríais decorar el pavimento.
- ¿Con mi técnica al fresco un suelo que se ha de pisar? ¿En una estancia sin techo ni abrigo de la intemperie?
- Ludovico, no exageréis. Mientras llega la piedra para el muro, que vendrá pronto, pensad cómo ocupar vuestro tiempo -dijo otro.
- Quizá podríamos -apuntó un tercero- construir unos encofrados para cuando llegue el material de la construcción. Sancho cada vez abría más los ojos del asombro, pensando para qué se iban a usar encofrados para un muro de piedra.
- Señores, ¡haya calma! -era de nuevo el primero de los consejeros-. Mientras no se trabaja nos estamos ahorrando los salarios. Cuando haga falta, que vengan ciento en vez de diez y lo acaben todo en una tarde.
- Y a mi ¿quién me compensa? -dijo Ludovico.
- Vos vivís bien aquí a expensas del marqués. Disfrutad y callad. Sancho vio cómo el pintor se alejaba abatido y le siguió.
- ¿Habéis visto y oído, buen hombre? -le dijo el pintor -. ¡Estas son las proposiciones que recibe el marqués! Siempre hechas desde el albedrío e interés de cada uno: la piedra que iba a estar aquí hace seis semanas, no llega nunca desde las canteras que uno de ellos posee; el otro mira por colocar la madera de sus explotaciones silvanas y aquél sólo ofrecer advertimientos disparatados.
El escudero dio a Ludovico una palmada en el hombro como pobre consolación y quedó pensando que toda solución tiene su problema (o más de uno) y, cuando regresó su amo, le relató lo presenciado y concluyó:
- No salgo de mi asombro, mi buen Señor, por lo que he oído de esos altos consejeros del marqués, que yo tenía por juiciosos y mañeros.
- Pues esto que has visto Sancho, es corriente moneda también en las faciendas de la internet y en las fábricas de emplazamientos internéticos. Hoy pueden oírse tamaños desatinos como los arbitrios que llegaban a Su Majestad Felipe en tiempos del sitio de Ostende y de la guerra contra el turco.