- Buenos días, señor Netijote, ¿ha sido reparador vuestro nocturno reposo?
- Lo ha sido, Simón, que vuestra ciberventa tiene estancias mínimas en tamaño, mas bien dispuestas para el descanso. Aunque más repondría mi ánimo si se surtiera también mi cuerpo con algunas viandas.
- Listo está en la cocina lo que aliviará vuestro ayuno y os lo traigo de inmediato. Pero decidme más sobre los buscadores que ayer hablábamos y que dejamos en suspenso para que fueseis a dormir.
- Os diré que muchos son los que en llegando a un emplazamiento internético van con interés a por la caja de las búsquedas y que mayor es ese afán cuantas más posibilidades se le ofrecen en el primer momento.
- No sé si os sigo, caballero.
- Pensad en las monumentales puertas internéticas que se precian de ofrecer en cantidad lo que muchas veces no tienen en calidad. ¿Qué encontráis?
- Pues muchas y variadas cosas, menús de diversos platos que no sabe uno por dónde empezar.
- Pensad entonces que si, como dijimos ayer, vos sabéis lo que queréis, será natural reacción buscarlo directamente y no desasosegarse escarbando con la vista en esa maraña de pulsantes, sino escribiendo el nombre de lo que os interesa.
- Habrá uno de ser muy vivo en hallar la palabra justa.
- Hay ingenios ya, Simón, que evitan tener que pensar en esa palabra que sea la llave para la puerta que os interesa abrir. Son inventos que os dejan hablar como lo hacéis ahora conmigo y ya no necesitáis ser un Erasmo ni un alquimista de los nombres para dar con lo que buscáis. Aún os diré más: cuanto más llano sea vuestro verbo, tanto más acierto tendrá el ingenio en su respuesta.
- Pero eso no está en todos los emplazamientos internéticos.
- Un hecho que debemos lamentar, pero que el tiempo cambiará; porque en el internético mundo la senda que sus habitantes marcan no tiene camino de regreso.
- Me pierdo de nuevo. ¡Habladme llano, como me pedís que haga yo en la internet!
- Veréis. Aquellos que van en pos del éxito en sus empresas internéticas han de tener en mucho lo que sus huéspedes habrán menester. Y, como esta necesidad buscadora de que hablamos es ya de primer orden, nadie que se tenga en alta estima podrá en el futuro (ni en puridad puede ya) escatimar a quienes lo visiten el principal instrumento para la navegación internética: la brújula para moverse a do uno quiere. O sea, la caja de las búsquedas dentro de esa pequeña constelación de cosas que se han preparado para él. <BR>- Y si ese cofrecillo para escrebir lo que quieres no entiende tu lengua.
- Haylos que tienen dentro diccionarios de muchas lenguas y otros que no necesitan saberlas para atenderte.
- ¿Cómo es ello?
- Porque no andan a la caza de palabras del texto sino que se sirven del contexto para dar con otros similares que de seguro servirán a tus anhelos de saber.
- Y si el cofrecillo no funciona o dice siempre estar vacío.
- Pues mejor habría que quitarlo. Pero, responded: ¿ofrecéis vos un buen potaje y luego atáis las manos del comensal a su espalda?
- No.
- Pues lo mesmo es esto. Y quien no lo hace ya ahora de aquesta guisa, mal anda. Porque esos grandes ingenios del rastreo internético aún se han de exprimir más.
- ¡Decidme cómo!
- Veréis. El navegante internético en su fuero interno no quiere buscar, quiere encontrar.
- Y ¿no es eso la otra cara de la mesma moneda?
- Sí, pero en la moneda acostumbra a estar la cara de la persona en el anverso y una cosa en el envés. O por decirlo a las claras: la persona quiere encontrar y el esfuerzo de buscar lo tiene que poner el ingenio, que está en el reverso de vuestra ventana internética. Toda esa habilidad para dar con lo que interesa ha de ponerse a funcionar en la bodega del sistema internético y el visitante ha de tener la sensación de que la información que precisa le viene al encuentro.
- ¿Y cómo se hará?, señor Netijote.
- Pues estudiando sus necesidades, deduciendo las costumbres y buscando de antemano lo que habrá de satisfacer al visitante, sin que este apenas se de cuenta dello ni esfuerzo le cueste. ¡Que trabajen los engranajes!
- Me habéis convencido. En adelante voy a ser mucho más exigente y voy a recomendar en mi ciberventa los emplazamientos internéticos mejor dotados de habilidosos “halladores”, -dijo el ciberventero con un guiño.
- Veo que bien lo habéis captado, -cerró Netijote la plática diciendo.