La "brecha digital" no es sólo un problema de penetración social, sino también empresarial: la PYME española no adopta el comercio electrónico y la gran empresa no siempre saca el partido adecuado a la tecnología. ¿Se puede conseguir dar nuevo impulso al uso de las TI?
Publicado en la Guía de inter.net, num. 20 (1er. trimestre 2006), p 66.

Leer más...

“Ignorar la era digital, sencillamente, no es una opción”. Un poco tarde para darse cuenta ¿no?
Publicado en la Guía de inter.net, num. 18 (3er. trimestre 2005), p 28.

Leer más...

EN INTERNET LAS VIRTUDES NO SE DECLARAN, SÓLO SE DEMUESTRAN.
Publicado en la Guía de inter.net, num. 6 (septiembre 2002)

Era la típica visita de compromiso. Ya se sabe: el amigo de una amiga de un compañero. Y allí estaba yo; ante una puerta desde la que me miraba un “sagrado corazón”‚ de los que te clavan la mirada mientras te enseñan la víscera vital y con la leyenda "Dios guarde a esta casa" encima, en semicírculo. Con la vista puesta en el felpudo, que rezaba “Bienvenido”, pulsé el timbre y al oír un “taritarí-tar픂 de feria, me temí lo peor.

Aún no había levantado la vista del felpudo cuando me abrieron unas zapatillas con escudo de barón bordado, que servían de soporte al cuerpo de un varón envuelto en una bata de felpa que estaba a mitad de camino entre albornoz y gabardina.
Con aspavientos y cortesía forzada me hizo avanzar por un pasillo forrado de papel pintado, ilustrado con floreros y hojas de acanto.

"¡Pónte cómodo en el sofá!", oí decir a mi espalda, mientras intentaba abrirme paso a través de un bosque de ficus. Detrás había un biombo de caña decorado con motivos chinos. Salvado el último obstáculo, mi mirada se topó con el sempiterno cuadro de caza sin cazadores. Ese en el que unos perros se ensañan con un ciervo herido en el claro del bosque. Eso sí, estaba enmarcado como si fuera un Rembrandt.
Al girarme casi me siento encima de un gato enorme que, a la voz de su amo, se deslizó debajo de la mesita de té, donde se me ofrecía un café al que no me atreví a dar un segundo sorbo. Un tanto confundido por el entorno presté poca atención a la conversación, que por lo demás era intrascendente, y me fijé en la mesa, bajo la que había desaparecido el gato y sobre la que descansaba una colección de "Selecciones del Reader‚s Digest" que ya había cumplido la mayoría de edad.

Cuando el anfitrión me dijo que quería enseñarme su página web, tuve la misma sensación que cuando había llamado al timbre. Casi no hizo falta que me dijera: "Estoy muy interesado en transmitir una buena imagen".
La página reposaba incómoda sobre un creativísimo logotipo en relieve que se repetía infinitamente en mosaico y sobre el que no se podía leer gran cosa. Tampoco importaba mucho, porque no había nada interesante, salvo el texto "para entrar pulse aquí", por supuesto en tipografía color malva camuflada con el fondo.
Abandonado el recibidor virtual, la auténtica primera página se anunciaba "en construcción" con el icono animado de un obrero picando. El resto de la información se asemejaba a un puzzle. La tarea de averiguar su intención y organización era todo un reto. Yo no habría sabido donde pulsar, pero como lo iba haciendo él... Sí acerté a ver un ostentoso contador de visitas que al único a quien interesaba era al autor del sitio.
Visitamos páginas y páginas a todo color, con poca sustancia y muchas imágenes clip-art bastante poco pertinentes y gran cantidad de "pulse aquí" parpadeantes. Esquivando toda esa agitación visual, acerté a encontrar un denominador común en las páginas, que decía: "última actualización en [fecha y hora]". El problema consistía en que la fecha más frecuente de las que leí era 23/03/99 13:22 y mi pregunta, no formulada, fue: ¿a quién le interesaba saber que hacía exactamente tres años, tres meses, seis días, dos horas y quince segundos que nadie se había ocupado del mantenimiento de ese contenido?

Este cálculo me llevó a mirar el reloj y, aduciendo un compromiso previo, conseguí poner fin a la visita (de la web y de la casa). Al salir, pensé en las empresas, instituciones y personalidades que se tienen por prestigiosas y descuidan de forma manifiesta su presencia en internet. ¿Se trata de un simple problema de imagen? ¿Simple?

Quizá en sus oficinas tengan parquet flotante, ikevana y decoración japonesa, salas de reuniones con instalaciones multimedia espectaculares y un servicio de recepción exquisito. O sea, ¡cuidan la imagen! Pero entras en su web y no hay forma de encontrar un teléfono de contacto, ni el acceso directo al servicio que te podrían prestar a través de la red.
Es más, si en el negocio electrónico de la empresa es la web, ¿estamos hablando de imagen o de diseño de interfaces de usuario eficaces para los objetivos de la organización?
Muchos te reciben en la web diciendo: "Está usted en el mejor sitio de [lo que sea] en español" y luego te arrastran por un laberinto plagado de suplicios. Pero en internet, como en la vida misma, las virtudes no hay que declararlas, sino demostrarlas.

Leer más...

INTERNET ES LA MECA DEL HIPONDRÍACO, SI SE FÍA DE LO QUE LEE
Publicado en la Guía de inter.net, num. 7 (diciembre 2002)


Doctor, ¿por qué no me receta esto?”
- “Y ¿por qué habría de hacerlo?”
- “Es que he leído en Internet que me vendría muy bien para lo que yo tengo”.
- Pero si usted no tiene nada más que un embarazo normal”.

Y es que en Internet hay de todo. También sobre salud y enfermedades. Es la meca del hipocondríaco. A la mínima sospecha de dolencia, búsqueda al canto y… ¡a disfrutar de la sintomatología! O quizá no. Porque el hipocondríaco suele ponerlo todo en duda y su desconfianza quizá compense su vulnerabilidad.

Antaño uno iba al médico y, si sospechaba del diagnóstico o había indicios de duda, pedía una segunda opinión médica. Ahora, antes de ir al médico, muchos pacientes se preparan y llegan a la consulta con la dolencia estudiada. Que se lo pregunten a los ginecólogos, que parecen ser los que más lo sufren.
- “Doctor, he leído en Internet que a partir del sexto mes viene bien usar faja. ¿Me compro una?”
- “Por mí como si se compra unos patines. Mientras no se los ponga”.
Y es que el facultativo se tiene que defender con ironía de las recomendaciones sin fundamento.

Lo cierto es que en internet se puede aprender mucho, pero también puede uno terminar confundido o totalmente errado.
El otro día recibí un correo electrónico con una presentación donde se explicaba cómo salvar la vida en un ataque al corazón que te pilla solo, por ejemplo conduciendo de vuelta del trabajo. La premisa era muy sencilla: en primeros auxilios te enseñan a reanimar a otros, pero ¿y si estás solo? Pues controlas la respiración, toses enérgicamente y yo qué sé qué otras cosas.
La presentación era algo cutre, su expresión verbal descuidada y encima nadie se responsabilizaba del contenido con su firma. Mis sospechas se confirmaron cuando al poco tiempo recibí otro correo más escueto, preciso y firmado por un médico del Consejo Español de Cardiología, que calificaba el escrito de peligrosa patraña. Si usted tiene algún síntoma de infarto, vaya de inmediato a un centro médico o pida ayuda.

Al parecer, el 80 por ciento de la información sanitaria que hay en Internet es poco o nada fiable. Entonces, ¿cómo distinguir el grano de la paja?
La respuesta no es fácil y, desde luego, la censura en forma de control corporativista de la información sanitaria no es una opción deseable. Entre otras cosas porque esa medicina institucional no es la única que puede ayudarte a conservar la salud, y porque el carácter abierto de Internet es uno de sus principales valores.

Lo que no resulta fácil de saber es quién está detrás de una información y con qué conocimientos e intenciones la está poniendo en circulación.
Sabemos que hay guerras comerciales en la industria farmacéutica, y la verdad es que, aunque se les suponga ética y juego limpio, nunca ha sido tan fácil difundir de forma anónima una opinión adversa sobre un remedio. No afirmo que ocurra, pero ¿quién nos dice que no es una campaña de desprestigio la periódica advertencia contra ciertos productos de los llamados ‘de herbolario’?
En el mundo impreso tradicional eran las marcas, las casas editoriales, las que tenían un prestigio que transmitían a todo lo que llevaba su sello. Sin embargo, en Internet esas marcas no están igualmente consolidadas ni son tan reconocibles. Además, en la Red solemos acceder a piezas inconexas de un puzzle informativo para cuya interpretación nos puede faltar criterio a los no expertos.

Sin embargo, hay muchas cosas interesantes, buenos consejos y herramientas para conservar y reponer la salud; pero ¿cómo distinguirlos?
Ya hemos aprendido que la realidad no se reduce a lo que sale en los informativos de televisión, que no es verdad algo sólo por haber sido publicado en un periódico o difundido por una emisora de radio.
En Internet aún nos queda mucho para saber cuánto podemos fiarnos de lo que allí encontramos. Así que, mientras tanto, ¡cautela! Porque da la impresión de que muchos todavía piensan que la pantalla lo aguanta todo.

Leer más...

Prólogo de José Ochoa a la edición española de:
Alexander Loudon, "La estrategia detrás de la pantalla"
editado por Prentice Hall, Madrid 2002

Leer más...

Subcategorías

A principios del siglo XXI el ingenioso hidalgo y su escudero volvieron a cabalgar, pero esta vez lo hicieron por las rutas internéticas.

Sus pláticas son sobre un mundo tecnológico que tratan de entender. Y hablan como solían, sin dejar de ser quienes eran.
Hace un tiempo publiqué en WinRed.com una serie de artículos sobre esta nueva especie en la evolución.

Quizá algún día vuelva a la carga.